
Siempre que los precios suben es porque la economía está activa. En caso de que desciendan (deflación) esto implica normalmente grandes pérdidas y destrucción económica.
Si los precios no suben de golpe, sino más bien, escalonadamente, tendremos una inflación sana que se expresará en beneficios para todos (beneficios empresariales y beneficios salariales). Este equilibrio no siempre va a la par: en primer lugar, la empresa se reajusta con los nuevos precios, y en segundo lugar, los beneficios acumulados irían a parar al asalariado. De esta manera, los casos de hiperinflación o inflación brusca se convierten en un caos social, ya que este reajuste nunca llega.
Los precios son siempre fijados por la demanda y la oferta. Lo que hace que este equilibrio no siempre sea un punto definitivo es que la economía es dinámica. La oferta varía y la demanda también. Influyen en éstas infinidad de factores. Desde la deuda pública, los impuestos, el ahorro, hasta el excesivo pesimismo, entre muchos otros.
En nuestro caso más reciente, hemos tenido un ápice de deflación ante el comportamiento del consumidor español. A causa del bombardeo catastrófico y mediático de la crisis, éste ha decidido reducir su consumo, hasta tal punto, que muchas empresas se vieron obligadas a bajar sus precios para intentar perder el mínimo posible, siendo en muchos casos, los precios continuadamente inferiores a los de los años anteriores. Obviamente, este comportamiento implica no sólo menos beneficios para el empresario, sino menos capacidad fiscal del estado y menor salario y desde luego ninguna ayuda para frenar el desempleo.
A lo largo de la década de los 2000, nuestro país, nuestro entorno y en general toda la economía global ha sufrido una escalada de precios. “Con la peseta de vivía mejor” no es lo más acertado para reflexionar sobre esta situación económica, sino “En tiempos de la peseta se vivía mejor”, que es muy distinto.
Si veíamos que, con el exceso de pesimismo, la cosa iba mal, no diremos que el exceso de optimismo habrá sido bueno. El claro ejemplo es la última crisis financiera mundial o el ladrillazo de España. Un exceso de optimismo se traduce en especulación. Al haber un gran movimiento de capitales los precios se disparan y llega a un punto que la burbuja explota, como hemos visto. Si todo el mundo pone dinero, crea dinero e inventa dinero que nunca existirá, que nunca se comprará, se llegará a una situación crítica que sin lugar a dudas notará nuestro bolsillo.
Lo que más desestabilizaba, aún así, los precios durante este período ha sido el petróleo. El preciado oro negro ha tenido unos vaivenes que afectaban a todos los sectores. El combustible es un coste directo de transporte presente en el precio de venta al público (PVP). Y hoy todo es logística y transporte. ¿Cómo nos afectará la cada vez más la reducida oferta de este material en peligro de extinción con el más que notable aumento de demanda de ya no sólo el primer mundo? La respuesta la sabemos todos.
Por cierto, una de las soluciones a la falta de carburantes es el biocombustible, pero también ha demostrado que si ahora comenzamos a especular como si los cereales fuesen gasolina, los precios de los alimentos se dispararían en todo el mundo, dañando las economías domésticas más limitadas.
Entonces, ¿qué ha pasado con el euro? Ciertamente en 2002, con la entrada de la moneda única, se produjo el famoso redondeo, y no siguiendo las recomendaciones de las instituciones financieras ni políticas, muchos empresarios redondearon con creces al alza. 125 pesetas pasaban a ser 0,76 euros, que a efectos prácticos se traducían en 0,80 (+6,5%).
Este redondeo fue en su momento una práctica extendida en el comercio minorista y tuvo una influencia en el IPC, pero estamos hablando del IPC de 2002. No podemos achacar este comportamiento (que, por cierto, no tenía nada que ver con la UE, sino con la “trampería” de nuestras pymes) a la actual inflación ni a los actuales precios.
Si vemos PVP altísimos en comparación a 2001 (último año de la peseta) es porque en esta época el precio de la vivienda, de los carburantes y de los alimentos sufrieron la mayor especulación y contagiaron nuestra cesta de la compra. El mercado laboral va aparte y los precios de éste (nuestros sueldos) únicamente crecen al ritmo del IPC. Otro debate es qué entra dentro de este IPC y qué queda fuera del indicador.
Así pues, el euro ha sido una moneda fuerte desde el principio de su instalación en nuestras economías. La peseta no era sino una moneda con escaso valor e interés internacional, más volátil y débil, y sin ningún tipo de garantías a la hora de afrontar una gran crisis como la actual.
No eran tampoco iguales los precios en 1992 en comparación con 2000, ni serán los precios de 2010 iguales a los de 2018.
Dejémonos de mitos. Lo que hay que ser es menos nostálgicos y más realistas para poder así afrontar el futuro económico incierto que nos espera.
Si los precios no suben de golpe, sino más bien, escalonadamente, tendremos una inflación sana que se expresará en beneficios para todos (beneficios empresariales y beneficios salariales). Este equilibrio no siempre va a la par: en primer lugar, la empresa se reajusta con los nuevos precios, y en segundo lugar, los beneficios acumulados irían a parar al asalariado. De esta manera, los casos de hiperinflación o inflación brusca se convierten en un caos social, ya que este reajuste nunca llega.
Los precios son siempre fijados por la demanda y la oferta. Lo que hace que este equilibrio no siempre sea un punto definitivo es que la economía es dinámica. La oferta varía y la demanda también. Influyen en éstas infinidad de factores. Desde la deuda pública, los impuestos, el ahorro, hasta el excesivo pesimismo, entre muchos otros.
En nuestro caso más reciente, hemos tenido un ápice de deflación ante el comportamiento del consumidor español. A causa del bombardeo catastrófico y mediático de la crisis, éste ha decidido reducir su consumo, hasta tal punto, que muchas empresas se vieron obligadas a bajar sus precios para intentar perder el mínimo posible, siendo en muchos casos, los precios continuadamente inferiores a los de los años anteriores. Obviamente, este comportamiento implica no sólo menos beneficios para el empresario, sino menos capacidad fiscal del estado y menor salario y desde luego ninguna ayuda para frenar el desempleo.
A lo largo de la década de los 2000, nuestro país, nuestro entorno y en general toda la economía global ha sufrido una escalada de precios. “Con la peseta de vivía mejor” no es lo más acertado para reflexionar sobre esta situación económica, sino “En tiempos de la peseta se vivía mejor”, que es muy distinto.
Si veíamos que, con el exceso de pesimismo, la cosa iba mal, no diremos que el exceso de optimismo habrá sido bueno. El claro ejemplo es la última crisis financiera mundial o el ladrillazo de España. Un exceso de optimismo se traduce en especulación. Al haber un gran movimiento de capitales los precios se disparan y llega a un punto que la burbuja explota, como hemos visto. Si todo el mundo pone dinero, crea dinero e inventa dinero que nunca existirá, que nunca se comprará, se llegará a una situación crítica que sin lugar a dudas notará nuestro bolsillo.
Lo que más desestabilizaba, aún así, los precios durante este período ha sido el petróleo. El preciado oro negro ha tenido unos vaivenes que afectaban a todos los sectores. El combustible es un coste directo de transporte presente en el precio de venta al público (PVP). Y hoy todo es logística y transporte. ¿Cómo nos afectará la cada vez más la reducida oferta de este material en peligro de extinción con el más que notable aumento de demanda de ya no sólo el primer mundo? La respuesta la sabemos todos.
Por cierto, una de las soluciones a la falta de carburantes es el biocombustible, pero también ha demostrado que si ahora comenzamos a especular como si los cereales fuesen gasolina, los precios de los alimentos se dispararían en todo el mundo, dañando las economías domésticas más limitadas.
Entonces, ¿qué ha pasado con el euro? Ciertamente en 2002, con la entrada de la moneda única, se produjo el famoso redondeo, y no siguiendo las recomendaciones de las instituciones financieras ni políticas, muchos empresarios redondearon con creces al alza. 125 pesetas pasaban a ser 0,76 euros, que a efectos prácticos se traducían en 0,80 (+6,5%).
Este redondeo fue en su momento una práctica extendida en el comercio minorista y tuvo una influencia en el IPC, pero estamos hablando del IPC de 2002. No podemos achacar este comportamiento (que, por cierto, no tenía nada que ver con la UE, sino con la “trampería” de nuestras pymes) a la actual inflación ni a los actuales precios.
Si vemos PVP altísimos en comparación a 2001 (último año de la peseta) es porque en esta época el precio de la vivienda, de los carburantes y de los alimentos sufrieron la mayor especulación y contagiaron nuestra cesta de la compra. El mercado laboral va aparte y los precios de éste (nuestros sueldos) únicamente crecen al ritmo del IPC. Otro debate es qué entra dentro de este IPC y qué queda fuera del indicador.
Así pues, el euro ha sido una moneda fuerte desde el principio de su instalación en nuestras economías. La peseta no era sino una moneda con escaso valor e interés internacional, más volátil y débil, y sin ningún tipo de garantías a la hora de afrontar una gran crisis como la actual.
No eran tampoco iguales los precios en 1992 en comparación con 2000, ni serán los precios de 2010 iguales a los de 2018.
Dejémonos de mitos. Lo que hay que ser es menos nostálgicos y más realistas para poder así afrontar el futuro económico incierto que nos espera.
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