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Indignado en islandés se dice “reiður”


Que no, que no y que no. Islandia es como una gran Puerta del Sol en el Círculo Polar Ártico. Los indignados islandeses no necesitan tienda de campaña para acampar frente al Parlamento de Reykjavík por dos motivos.
En primer lugar, el fracaso de una acampada en Islandia por las inclemencias climáticas; y por otro lado, por los cauces de participación democrática directa de la que disfrutan los islandeses, que hay que recordar que desde hace muchos siglos tienen la Asamblea democrática más antigua del mundo. Ambos motivos hacen del caso islandés, un caso único donde se hace mucho ruido sin muchas caceroladas.
Un pequeño país, con una serie de recursos limitados que supo crear una economía de libre mercado y un Estado del Bienestar, únicos y compaginables como sólo los países nórdicos supieron hacer. Compaginable hasta el divorcio sufrido hace dos años, con la quiebra financiera internacional que azotó a Islandia de una manera calamitosa y no esperada por nadie.
No fueron ni por asomo el Goliat derribado del que se habló porque han sabido hacer las cuentas para salir de la crisis… y menuda manera de hacerlo.
Aún siguen en pleitos con los Gobiernos británico y holandés, que financiaron la deuda de la isla ártica y ahora los propios islandeses se niegan a pagar. Se niegan a pagarla porque no es su deuda: es la deuda de la mala gestión de un Gobierno.
Se negaron a pagarla en el primer referéndum (bien sabido era el resultado, pero los islandeses lo replantean todo vía plebiscito) y lo volvieron a negar por segunda vez. “No queremos pagar vuestra deuda”. Y sigue sin ser pagada.
Poco a poco van saliendo de la crisis. Islandia también fue rescatada por el FMI, también tuvieron recortes sociales e incluso han pedido su adhesión a la Unión Europea porque una economía tan débil no podrá sobrevivir sola tras las heridas mortales que sufrió por las batidas de este capitalismo salvaje del que se estuvo beneficiando su banca durante las últimas décadas.
Paradojas. Pero lo más paradójico, que no se ha atrevido a hacer absolutamente ningún otro país afectado por la crisis, es que los islandeses han denunciado a los presidentes y gestores de las principales bancas del país e incluso están juzgando (“juzgando” que se dice pronto) al ex Primer Ministro, Geeir Haarde, por la incompetente gestión de la crisis, por tener información privilegiada y aún así hacer una mala política económica, llevando a Islandia a la bancarrota y poniendo en peligro la sostenibilidad del país las siguientes décadas.
Es por ello, que el caso islandés es único, y que cada ciudadano islandés puede ser un reiður, un indignado, que lucha por su dignidad y por la de su país.
Quizás su cultura ciudadana sea mucho más avanzada que el resto del continente, quizás los islandeses sean un pueblo espartano y con unos principios intachables, o sencillamente, puede que estas medidas puedan ser únicamente tomadas por un país pequeño de 300.000 habitantes.
No importa analizar las causas de su actitud, sino las consecuencias de sus actos. Sí que se puede actuar de forma cívica y comprometida, solidaria y orgullosa, para poner los puntos sobre las íes y para aplicar la justicia, que al fin y al cabo es algo inherente a cualquier sociedad. A no ser que esa justicia sea demasiado incómoda.

Ha llamado al cero cero patatero


Cuando el barco está en peligro el capitán pide a la tripulación que arrimen el hombro y tiren por la borda los lastres que pueden llevar a la embarcación al hundimiento.
Las empresas también han de sortear las crisis con medidas ahorrativas extremas que en muchos casos llevan implícitos recortes de costes laborales, entre otros. Estos recortes son impopulares y odiados por todo el mundo. Los dichosos EREs o expedientes de regulación de empleo que tanto afectan a grandes empresas, donde un ERE puede implicar la pérdida de miles de puestos de trabajos de la noche a la mañana.
Es una contracción brusca, pero necesaria, reconozcámoslo, para la supervivencia de la empresa. Por este mismo principio lógico de contracción y ahorro, el Estado y la Administración Pública también están sujetos a recortes de salarios y al cese de algunos puestos de trabajos directos e indirectos, pero todo ello en aras de la supervivencia de toda la organización.
Es, como decimos impopular, pero lógico y legítimo. Algo muy distinto es lo que ahora quiere llevar a cabo Telefónica, la multinacional española de telecomunicaciones líder todavía indiscutible, presente en diversos países y con una plantilla en España de más de 28.000 empleados, ha anunciado que recortará en los próximos tres años a un 20% de su plantilla (nótese que colocamos la preposición “a”), todo ello ante su comité de accionistas de los que dependen los fondos del gigante de la telefonía.
En realidad habría que matizar que dependen de estos accionistas, pero también de los propios trabajadores. Nadie como ellos – como estos últimos- conoce la firma, el método, los servicios y productos. Una empresa de telecomunicaciones ha de ser innovadora: eso es una obviedad, pero esta innovación pasa desde luego por la formación constante de los trabajadores para adecuar su mano de obra a las necesidades de los consumidores y clientes.
De nada sirve echar a la calle a los 5.600 trabajadores sobrantes si a corto plazo hay que contratar a nuevos trabajadores y seguir formándolos. Un gasto innecesario que la directiva de la empresa ha obviado.
Quizás sea una demagogia para apaciguar las inquietudes capitalistas del accionariado, como hace nuestro Presidente del Gobierno con los mercados, pero está claro el planning marcado y no es de muy buen ver.
En 2003 cada acción de Telefónica era pagada a 0,25€ y este año asciende a 1,75€, cantidad que esperan mantener los próximos años, pero eso sí, a costa de los recortes laborales.
Este año los beneficios de la empresa fueron máximos a pesar de la crisis: 10.000 millones de euros. Si bien la deuda de la empresa sigue estando por las nubes y el accionariado se compone prácticamente por medianos capitalistas, sigue siendo la peor de las medidas impopulares que se pueden haber tomado.
Telefónica es inmensamente rentable y tiene otra deuda no tangible con la sociedad española que la diferencia del resto de la competencia. Era una empresa estatal de comunicaciones y sus orígenes –difíciles, costosos y asfixiantes para el resto de los mortales- en su caso fueron promovidos por el capital público década tras década. Impuestos de contribuyentes que aún aguardan la rentabilidad social de este servicio público privatizado.
Salen con ventaja y se abanderan de ser la empresa que más invierten en I+D+i de todo el IBEX35. Una especie de marca nacional “i-beric” que no son capaces de hacer un guiño al país que la vio nacer o al país que la creó, de hecho.
Estos 5.600 trabajadores no van a hacer que el paro aumente mucho más o su mantenimiento hará que se reduzca. Es una cifra ridícula en comparación a lo que aporta esta firma al PIB nacional, pero lo que más hay que lamentar es la falta de solidaridad.
Algunos directivos la han criticado como una medida antipatriótica para España. No es cuestión de volvernos defensores de nuestros colores nacionales ni mucho menos, pero habría que recordarles a nuestros amigos de Telefónica que tienen una responsabilidad triple, hacia sus accionistas, hacia sus empleados y hacia la sociedad general.
En tiempos de crisis hemos de apretarnos el cinturón todos y todas, o por lo menos saber comunicarlo para dejar de ser la empresa de telefonía más odiada por los clientes por enésima vez consecutiva.

Todos menos los inmigrantes


Ante la ley, mi derecho es tu derecho, mi derecho es tu obligación, tu derecho es mi obligación.
La relación directa entre derechos y obligaciones no ha hecho otra cosa sino estecharse con el progreso y avance de los años. Ambas son consecuencia de la responsabilidad de toda la ciudadanía.
Somos personas físicas y jurídicas cada vez más maduras en un sistema que no es así porque sí, es así porque ha evolucionado y crecido como el buen saber humano le ha dejado. Esto es aplicable a la legislación, la economía, la ciencia, el consumo o la educación. Esta evolución es lo que se conoce como progreso y es, como decimos, una evolución y no una involución.
Ha habido, pues, una evolución de la sociedad a favor de todos y cada uno de tus derechos de los que puedes disfrutar en relación directa al grado de responsabilidad que tienes con tus semejantes, que todo sea dicho, es altísima.
Se oyen quejas. Sin quejas no habría esta evolución. Quejémonos, pero sin amargarnos, ya que a veces se nos olvida hasta dónde hemos llegado o hasta dónde nos han traído.
Hoy en día se oye que el papel de la mujer se ve ninguneado por un machismo primitivo y que la violencia de género es el peor de los males. Es cierto que aún hemos heredado un machismo ibérico de Cro-Magnon, pero ya nos hemos hecho suficientes lavativas y hoy la mujer goza de los mismos derechos o más, en el caso de iniciativas de discriminación positiva, que el hombre. Progreso es avanzar dentro de casa para garantizar, por ejemplo, legal y económicamente la maternidad, pero nuestros ojos se han de dirigir allá –fuera de casa- donde la mujer aún no ha llegado a nuestro nivel de progreso.
Hoy se dice también que la juventud está puteada en la peor generación perdida de Ni-Ni’s. Decir esto en un país con una tasa de alfabetización del 99% es un insulto. Afirmar esto cuando toma el relevo del país la primera generación formada en el sistema de educación público, universal y gratuito es otra incoherencia. Queremos alcanzar la luna sin tan siquiera tomar impulso y nos olvidamos de la generación de nuestros padres que no tuvieron ni la mitad de lo que tenemos nosotros, y que –dad todos por hecho- lucharon como fieras para darnos estos privilegios.
También dicen que la clase trabajadora sufre la primera involución de derechos. Pues que digan en dónde se plasma una limitación de derechos. Quizás sea que toca responsabilidad, que toca remangarse y transitoriamente reorientar la economía. Facilitar el despido, rebajar el salario a funcionarios, trabajar hasta los 67 son obligaciones colectivas para seguir disfrutando de los derechos laborales y del bien común, que no han dejado de aumentar desde el primer sindicato hasta hoy.
Nos limitan los derechos privados y políticos. Vale. Gracias a la tecnología el activismo del individuo puede aumentar exponencialmente. Un muerto y un ciberataque acaban de llevar a Túnez a una transición democrática. Estamos más vigilados todos, los ciudadanos anónimos y también la delincuencia, que no ha dejado de reducirse las últimas décadas, todo sea dicho. Tu propiedad privada está más garantizada que nunca, tu intimidad también, y hay que enfatizar aquí un “a pesar” de la tecnología. Pero esto, una vez más, son las obligaciones que tenemos que soportar para tener derecho a la seguridad, a la comunicación, a la integridad.
Y así todo: Contaminación y derechos medioambientales que no existían hasta la contaminación. Derechos del niño. Derechos de lesbianas y gays. Derecho para practicar tu religión. Derecho para disfrutar de tu cuerpo, de tu mente. Derecho a hablar y a callar. Derecho al aire limpio en un espacio público. Derecho a comprar y derecho a escribir todo esto.
Hablábamos de la obligación con el semejante. No le quitemos la ciudadanía a aquéllos que sí que han visto reducidos sus derechos y no nos quejemos por quejarnos sin mirar hacia atrás. Sin mirar hacia adelante.
El inmigrante en Occidente tiene muchas obligaciones y hay sectores que buscan una involución de sus derechos: criminalizar su situación, prohibir su religión, no permitiendo que las mujeres escojan su atuendo, no dejándoles votar, no dejándoles trabajar, pidiéndoles la documentación por su color de piel y mandándoles guardar cola en la fila de al lado.
Si quieres progreso, arrima el hombro.

Paraíso caribeño

El paraíso está en el Caribe. No es Santo Domingo, ni Cancún, ni tan siquiera la isla de Jamaica para los más hedonistas. Es el pequeño estado de Saint Kitts-Nevis, o para los quijotinos, San Cristóbal y Nieves.
Este pequeño país, no es sólo un paraíso por su ubicación, su clima, su cultura caribeña, sino porque es el espejo de la riqueza media mundial.
Es curioso, pero la renta media de Saint Kitts-Nevis coincide con la renta per cápita media del planeta Tierra, es decir, un sancristobaleño podría representar al humano medio en poder adquisitivo a día de hoy con 15.000 $/anuales.
Bastante inferior a las economías más avanzadas y ligeramente por encima de los países en vías de desarrollo (o para que nos hagamos a una idea, en el ránking mundial justo entre la europea Lituania y el desarrollado Uruguay) es una economía reflejo del progreso y la cohesión.
Este pequeño archipiélago, formado obviamente por Saint Kitts y por Nevis, es también joven ya que únicamente es independiente desde 1983, y desde aquel entonces supo dar el salto de una economía colonizada basada en el monocultivo azucarero a una economía abierta al mundo, fomentando el turismo tan en auge en la zona estas últimas décadas. Turismo que ha sido sostenible y que no ha hecho otra cosa, sino que recibir inversión extranjera directa en la pre-globalización hasta hoy.
Saint Kitts ya es un país maduro y actualmente están en su última fase económica, que es diversificar los servicios de las islas que ya representan más del 70% de su PIB.
Sus 40.000 habitantes a estas alturas ya disfrutan de un Índice de Desarrollo Humano alto (0,821 sobre 1) y todo sea dicho, salvo temporadas de huracanes, que es el problema climatológico de estas latitudes, su calidad de vida se ve reforzada por unas temperaturas paradisíacas. ¿Qué más queremos?
Saint Kitts, de esta manera, nos ofrece un doble ejemplo valorable. Por un lado, muestra como los que antaño eran llamados países en vías de desarrollo y ex-colonias europeas, hoy son países (y democracias libres) avanzados. Por otro lado es un ejemplo esperanzador para todo el mundo: la riqueza del planeta es inabarcable.
En realidad sí que es abarcable, pero desde luego se viene abajo la premisa de que hay demasiada población en la Tierra para toda la riqueza económica que se puede generar, y que por lo tanto siempre habrá países pobres.
Si sumamos todo el PIB planetario y lo repartimos entre los más de 6 mil millones de ciudadanos que vivimos en 2010 en todos los continentes, podríamos vivir como un habitante de Saint Kitts, con una calidad de vida óptima y un programa económico desarrollado.
Todos sabemos que las diferencias económicas entre Occidente y el Tercer Mundo siguen siendo extremas, pero cada vez más la brecha se está cerrando y la riqueza confluye a todos los países en vías de desarrollo en este sistema globalizado. Otro reto será conseguir que si todos consumimos con el mismo ritmo de riqueza que tiene un sancristobaleño, los recursos físicos y naturales den para los 6 mil millones, pero sabemos ya a ciencia cierta que los recursos financieros y monetarios sí que son suficientes, ya no sólo para ofrecer una vida digna a cada uno de nosotros, sino un bienestar tan deseado como el del llamado Primer Mundo.
Tiempo al tiempo o si no que se lo digan a las diferentes generaciones que hoy habitan el que quiero pensar que es ya un paraíso utópico al otro lado del Atlántico.

Paz global: sonríe porque las guerras se van a acabar


En la II Guerra Mundial murieron 61 millones de personas y el 73% de las bajas fueron civiles. Desde entonces y tras medio siglo, las guerras, las muertes de guerra e incluso el gasto militar ha descendido proporcionalmente, lo cual nos lleva irremediablemente a un mundo más pacífico.
Actualmente el gasto militar en la mayoría de los grandes países se sitúa bajo el 4% del PIB. Sencillamente, si no hay guerra, el Estado tiene que gastar en las otras demandas y necesidades de la población. Es simple.
Desde el fin de la Guerra Fría el gasto militar en los países occidentales descendió estrepitosamente, hasta la Guerra de Irak, que como todos sabemos, implicó una partida presupuestaria inmensa, con la que nuestros amigos de la Administración Bush no contaban.
Cuantitativa y cualitativamente las guerras se están borrando. Las sigue habiendo, y siguen siendo el mayor de los males de nuestro planeta, la mayor de las vergüenzas, una patada de rabia en la boca del estómago, pero son cada vez menos y menos, y los señores de la guerra intentan que sean “menores”.
Desde las dos últimas décadas las guerras se viven en directo. Siempre hay un cámara que reporta desde la trinchera. Cuanto más implicados estén los países occidentales, más posibilidades de crítica hay desde la opinión pública, y, por ende, la guerra ahora ha de ser no sólo televisada, sino humana, rápida y libertadora.
Televisada… todos nos habíamos acostumbrado a comer o cenar con las imágenes de la guerra.
Humana gracias a la tecnología, esto es, evitando el mayor número de bajas militares y eliminando las bajas civiles (o intentándolo). La guerra ya no es cuerpo-a-cuerpo, sino satelizada y dirigida hacia objetivos militares. Los bombardeos ya no son contra la población civil, y ahora sí que se avisa con octavillas… Los civiles ya no son enemigos, sino amigos, y nuestros soldados son profesionales, con lo que, que mueran, es un coste evitable y si mueren civiles es un suicidio político. Recordad, lo están grabando todo.
Ha de ser rápida; cuanto más larga, más cara y menos humana. También ahora es libertadora, y tras la guerra, si ganan los “aliados” eso sí, es por el bien de todo un pueblo.
Todo esto suena contradictorio, ¿verdad? Claro que lo es, y es por ello que las guerras se están acabando por sí solas.
En la actualidad, ya no se invaden países, aunque hasta hace una década era normal. No obstante, no podemos obviar los casos de Irak, Afganistán y el conflicto palestino-israelí. En el caso iraquí fue una guerra ilegal; en el afgano, una guerra respaldada por la ONU; y en el caso de Palestina, sería el único en la actualidad que se correspondería con el viejo modelo del país grande se come al pequeño.
Hay guerra civil en Somalia, Sudán, Chad y Pakistán. Nos encontramos con movimientos insurgentes en el Cáucaso de Rusia, India, Filipinas, Cachemira, Magreb, Pakistán, Yemen, Tailandia y Kurdistán. Y se habla de “narcoguerra” en Colombia y México.
¿Parece mucho? No lo parece: ¡Lo es! Pero estos 18 conflictos actuales que acabamos de nombrar son extremamente mucho menos de cómo estaba el planeta en los 90s y más atrás. En aquel entonces había guerras en los cinco continentes: Europa del Este, América Latina, el Sudeste Asiático, Oriente Medio y Todo el continente africano morían de Guerra.
Antes la guerra era buena, la gente la apoyaba, era una bendición, vendíamos armas a todo el mundo y nos armábamos hasta los dientes por si nos atacaban. Hoy nadie ataca. Hoy firmamos tratados para reducir las armas. Hoy todo el mundo odia la guerra.
Recordemos que por motivo de la Guerra de Irak todo el planeta se había movilizado, desde Nueva York hasta Seúl. Hoy sabemos una vez más que había sido un error, lo cual es bueno.
Los ejércitos podrán vigilar únicamente los conflictos globales latentes que seguirán existiendo, pero Nunca Más una guerra en mi nombre ni en nombre de mi país.
Así pues, ahora que todo lo ves, que todo lo votas, que todo lo pagas, que todo lo lloras, que todo lo gritas, sonríe porque las guerras se van a acabar.

Hasta los 67 y más allá


Clases de ciencia.
Ejemplo 1: Bañera con el agua corriendo no se llena. Se pone un tapón y se llena hasta desbordar.
Ejemplo 2: Frutero con una docena de manzanas, cada día como dos y repongo una. El frutero se quedará vacío.
Ejemplo 3: La esperanza de vida se alarga por los avances médicos y sociales, la población se envejece porque duramos más, pero los nacimientos se reducen. El sistema de pensiones se desequilibra porque hay un trabajador por cada dos jubilados.
España está en la cabeza de los países envejecidos, y de hecho, podríamos empezar a padecer un crecimiento negativo si no fuese por la población inmigrante recién llegada la última década.
Es tan sencillo como un problema de 3º de Primaria. La esperanza de vida se ha alargado estrepitosamente en el mundo, mucho más en los países más avanzados. Ello es debido a todas las mejoras que hemos visto a lo largo del S XX, en todos los terrenos, tanto laboral, alimentario, educacional, científico, social, etc. De hecho, con 80,9 años somos el 5º país del mundo más longevo y el 1º de toda la UE.
El problema es que con una tasa de fertilidad de 1,31 hijos por mujer, no conseguimos llegar a la renovación generacional y el crecimiento vegetativo incluso acabará siendo negativo.
En definitiva, nuestro bienestar que incentiva vivir hasta la eternidad y no tener hijos, económicamente es insostenible. En las próximas décadas se podrá llegar a tener más población jubilada que activa, lo cual es directamente inviable en un sistema social de pensiones.
Para rizar el rizo y agravar la situación, sólo hay que echar un vistazo a la población activa desempleada y a la edad en que los jóvenes de este país acceden a su primer empleo, o dada la economía sumergida y para especificar, a la edad en que éstos comienzan a cotizar, que en definitiva es de lo estamos hablando.
No, no salen las cuentas. Comparando el país en 2010 y 1985 vemos las diferencias, que aunque parezca que fue ayer, créanme, no lo es en absoluto.
En 1985 vivíamos hasta los 73, jubilándonos a los 65 y comenzando a trabajar a los 18. Ergo, 47 años trabajados para el disfrute de 8 años en Torremolinos.
En cambio en 2010 viviremos hasta los 80 (suma y sigue porque cada vez es más común ser centagenario), incorporándonos al mercado laboral a la media de 25 años. Jubilándonos como hasta ahora, habremos cotizado sólo 40 años para el disfrute mínimo de 15 años o más.
Esto es cotizar –y recaudar- un 14% menos que 1985, para el disfrute del doble de años que viven ahora los pensionistas en su período de jubilación y que en las próximas décadas seguirá en riguroso aumento.
Pues lo dicho, las cuentas no salen, y lo peor de todo ha sido la respuesta ciudadana y sindical para un problema que el gobierno prevé a varios años vista. Para una vez que el Ejecutivo toma una decisión para el largo plazo, sale nuestro instinto egoísta e irracional y el “no me gusta trabajar” para protestar con un “hasta los 67 que trabaje tu (pitido) (pitido)”.
Incluso con esta medida el sistema de pensiones sigue peligrando y no todo el mundo tiene un plan de pensiones privado, ya que como trabajadores se nos debe garantizar este beneficio al tener una cotización obligatoria y pública en la Seguridad Social.
En Alemania la jubilación ya es a los 67, en los EE UU a los 66 y en el resto de los países occidentales a los 65, salvo en Francia donde es a los 60.
En España la vamos a tener que subir dos años (hasta los 67) y en la república francesa también, es decir, dos años hasta los 62.
Cuando se nos toca el bolsillo salimos a la calle, siendo 2 millones de personas las que se manifestaron contra esta medida en París, y siendo sólo un par de decenas de miles que protestaron contra las expulsiones masivas de romaníes por parte del gobierno galo una semana antes.
Si esto es la única movilización que pueden convocar las organizaciones sindicales, sociales y de color progre, paren el tren, que yo me bajo.

Asociaciones necias, oídos sordos


El asociacionismo es una nueva forma de acción política y ciudadana en un escenario como el actual, en el cual hay una multitud de actores con deseos de influir en la toma de decisiones gubernamentales y en la activación de movilizaciones civiles. Son lobbies y grupos de presión que más que ningunear el sistema democrático son un avance, un paso firme para su fortalecimiento.
Los movimientos sociales y asociaciones dotan de mayor legitimidad lo que ya es a día de hoy una red de poder, en la que cualquiera de nosotros puede por fin participar de forma activa o pasiva.
De forma activa es colaborando; de forma pasiva es dejando pasar… Y no siempre hay que dejar pasar. Los movimientos más radicales, por naturaleza, no son constructivos, no crean debate sino provocación, son destructivos con la democracia y el sistema creado y acordado entre todos los ciudadanos.
Sin ánimo de negarles la voz, lo cual es un derecho irremplazable y digno, hay que alzar la mano y embestir un alto a sus derivas radicales, violentas, y por qué no decirlo, “necias”.
No es cuestión de caer en el insulto fácil, pero algunas de las acciones con más eco de los extremistas son necedades que hieren la inteligencia del resto de los ciudadanos.
Y al hablar de extremos, nos referimos a todos los extremos, de arriba abajo, de izquierda a derecha. Todos.
Por ejemplo, en un extremo tenemos el caso de los pro-taurinos con todos y cada uno de sus argumentos naïf que no tienen ningún sentido y –como decíamos- hieren la inteligencia. La última joya, ante la prohibición de las corridas en Cataluña, es que quieren llevar al TC la constitucionalidad de esta norma. Señores de la derecha, si no le gustan las decisiones del pueblo, por favor aguántense, pero el TC no es ningún basurero de frustraciones neocon. Les explico que la Constitución recoge el derecho de disfrutar del medio ambiente y la obligación de respetarlo, y añadimos, con toda su fauna y toda su flora nacional. Las CC AA tienen competencia para legislar sobre el trato a los animales, así que ya saben lo que dirá educadamente el TC: Tururú (¡)
Peor todavía son las asociaciones identitarias radicales, mayoritariamente de jóvenes, que perdieron el norte de lo que en su época sí era una lucha democrática y constructiva.
Son grupos minoritarios de extrema izquierda independentista, que recorren las calles de Santiago de Compostela, Donosti o Barcelona y cuyo ruido ensordece la voz de lo que sí que podría ser una lucha justa.
¿Cómo se puede tener la sangre fría y la falta de tacto, de comparar cualquiera de estas CC AA con Palestina, Sáhara Occidental y recientemente Kosovo? ¿nos hemos vuelto locos o qué? En fin, ¿acaso hay refugiados catalanes hacinados en tiendas de campaña al otro lado de los Pirineos?, ¿ha bombardeado Madrid a la ciudad condal con bombas de racimo? ¿hay alguna limpieza étnica contra los euskaldunes?
Cualquier comparación al respeto, aunque se enmascare de solidaridad antirrepresiva, es únicamente una forma de tergiversar la verdad y burlarse de las auténticas víctimas.
Necio también es apoyar a colaboradores de ETA en nombre de la independencia catalana y en contra del Estado español, hablar de lucha y resistencia contra concejales electos democráticamente, hablar de amnistía a presos políticos en un país como el nuestro, todo ello es una vez más, no sólo necio, sino un acto de irresponsabilidad, camorrista y mercenario. Como igual de irresponsable, camorrista, mercenario y necio es ser una auxiliar admininstrativa del Ajuntament de Terrassa, beneficiarse del cargo para entrar en los archivos de la DGT, facilitar una matrícula de un concejal del PP, dársela a ETA, y que ésta le ponga una bomba-lapa para acabar con su vida.
Para asociaciones necias, ya se sabe: oídos sordos…

El orgullo no-solidario


A todos los países avanzados se les recomienda por las instituciones internacionales que aporten un 0,7% de su PIB en ayuda para el desarrollo al tercer mundo. Únicamente Dinamarca, Luxemburgo, Suecia y los Países Bajos son los que ayudan a sufragar este gasto y siguen disfrutando de su 99,3%.
Excusas es lo que se oye en el resto de gobiernos, como el nuestro, que aunque haya aumentado en la anterior legislatura el gasto solidario sigue siendo una asignatura pendiente.
Excusas es no llegar al ínfimo 0,7% y excusas es no apoyar como ciudadanos a las ONGs, e ir más allá, criticando el trabajo del tercer sector sin tener ni idea de su labor, para lavar la conciencia de cada uno con un “yo apoyaría a las ONGs pero no me fío”. Excusas para tener la conciencia tranquila porque ser solidario es lo objetivamente correcto. No nos equivoquemos, hay gente insolidaria y no por ello hay que ser mentirosos. Si uno es no-solidario que lo manifieste abiertamente. “Tengo 10 euros mensuales de sobra que no quiero compartir con proyectos sociales de ONGs” y ya está, pero no es necesario faltar al respeto de los profesionales que trabajan para el tercer sector.
El trabajo de las organizaciones no gubernamentales es imprescindible hoy en día y su origen muestra una vez más que el ser humano no es tan ruin como a veces se nos pinta. El trabajo es fundamental porque van allá a donde el Estado no llega.
Nacieron con la Cruz Roja en el S XIX y tuvieron el reconocimiento oficial como intermediarios en 1945 con la fundación de la ONU. Están aquí porque el ser humano ya no puede vivir de espaldas a las catástrofes humanitarias y porque hay algunos individuos que sí que son solidarios y quieren compartir una pequeña parte de su riqueza en aras de mejorar el mundo del que forman parte.
Desde entonces hay que darles las gracias por todo su trabajo. Son las ONGs las responsables que ahora tú sepas que las ballenas están en peligro de extinción, que en Irán lapidan a una mujer adúltera sin juicio, que en El Salvador hay niños que trabajan de esclavos, que en África el sida no deja de extenderse o que en tu barrio hay jóvenes con síndrome de Down que tienen más limitaciones que el resto de la población.
Y más allá de esta labor informativa inciden en los gobiernos nacionales y hacen una labor de campo directa. No caen sus proyectos en saco roto: sí que salvan ballenas, salvan mujeres de la lapidación, llevan a niños a la escuela, reparten condones y forman a jóvenes discapacitados, entre otras muchas funciones.
Las ONGs no sólo dan pan a los pobres. Sus actividades son de lo más diverso: las hay religiosas y laicas, que trabajan en España y que trabajan en países subdesarrollados, hay organizaciones a favor de los derechos humanos, otras por la lucha medioambiental, y otras ayudan al desarrollo social de aquellos países con los que tenemos una deuda pendiente desde que les quitamos las riquezas al tercer mundo colonizado.
De todo el dinero que el socio aporta a la ONG, ciertamente hay que contar con los gastos administrativos, informativos y profesionales. No viven del aire: tienen una estructura y tienen que pagar a médicos, abogados o ingenieros que trabajan de los dos lados del charco.
Con sólo subvenciones no sobrevivirían, así que dependen de un alto porcentaje de población solidaria que vivimos en el primer mundo.
Las ONGs son auditadas constantemente por organismos independientes y la transparencia se demuestra mensualmente a los socios por un lado y al Estado por otro. Son más fiables que la administración pública y las empresas privadas, y no por ello la gente deja de pagar impuestos, ni de consumir bienes materiales para enriquecer el bolsillo de unos cuantos.
Ahora bien, y como decíamos antes, no hay que ser solidarios obligatoriamente. Nuestro gobierno sí que tiene que serlo, pero no nosotros. Es una virtud que sólo tienen algunos ciudadanos que deciden aportar una cantidad prácticamente ridícula a proyectos sociales y estar informados de su seguimiento.
Si colaboras con ONGs, de 1 euro que ganas, compartes 1 céntimo con los que sí que lo necesitan. O lo que es lo mismo, 6 cafés ó 2 copas ó 4 cañas. Es decir, una cantidad que todo españolito se puede permitir. Eso sí, si es solidario.

¿Una década perdida?


¿Estamos empezando una nueva década? Para algunos ya han empezado los años 10, para otros, la década no comenzaría hasta el próximo 1 de enero de 2011 porque se cuentan las décadas con el año 1, tal como ocurre con los siglos (el S XXI comenzó en 2001).
Sin embargo, vivimos los 80 desde el 80 al 89, los 90 desde el 90 al 99 y la pasada década tuvo que haber acabado en 2009.
Esta década en cuestión es una década anónima, sin personalidad, sin nombre. Década de los 00, década de los 2000, primera década del S XXI.
Los 00 –llamémosla así- han pasado muy rápido y ha estado llena de acontecimientos vertiginosos.
¿Mala década? Es posible. En los albores de la misma comenzaba la catástrofe del 11 S, y nos dimos todos cuenta que el mundo había cambiado. Nos empezamos a sentir más inseguros, conocimos nuevas formas de conflictos bélicos.
La paranoia llegó a tal extremo que nuestros derechos a la intimidad se vieron reducidos y mancillados (todo por el bien común): seguimiento de correo electrónico, chequeos corporales, traspaso de datos personales entre gobiernos, etc.
Irak bombardeado, Osetia bombardeada, Palestina bombardeada. Las grandes potencias como antaño han seguido haciendo de las suyas, demostrando su fuerza ante un pobre enemigo, cuyos objetivos, ya no son (no lo eran ya desde que vivimos las guerras en directo a la hora de comer) civiles sino militares: bases, cuarteles, refugios de terroristas, que a veces se han llegado a convertir en casas particulares, escuelas y hospitales. Pero EE UU, Rusia o Israel tienen un corazón inmenso (más grande que sus misiles crucero) y esto son sólo daños colaterales.
Al fin y al cabo, ellos son buenos; los malos los hemos descubierto en esta década y es el terrorismo internacional –y por qué no, también el nacional como han tergiversado muchos medios de comunicación- No sólo Nueva York. Madrid, Londres, Casablanca, Bali, Yakarta o Nairobi han sido objetivo de su ira yihadista.
Una década también marcada por una crisis ecológica. El cambio climático es una amenaza incluso mayor que al Qaeda o Sadam Hussein, pero no ha llegado a la paranoia necesaria para desembolsar las cantidades astronómicas que la seguridad planetaria ha necesitado en los 00.
La paranoia sí que ha llegado al recelo del desconocido, es decir, el odio al extranjero. Los 00 también fueron decisivos para el resurgir de la extrema derecha en EE UU, Austria, Suiza, Polonia o el Vaticano.
Paranoia también económica que finalizó con la primera gran crisis global de la que aún estamos intentando salir.
Un panorama, en definitiva, desolador que nos ha hecho dudar de que el S XXI haya tenido buen comienzo y que hemos perdido el norte.
Sin embargo, los 00 fueron, como decíamos “vertiginosos” y dieron mucho de sí.
Internet se ha convertido en el mayor medio de comunicación, uniéndonos a todos –los habitantes de esta aldea global- como nunca lo habíamos estado antes.
La tecnología está de nuestra mano y nos acompaña día a día. Emails y móviles nos hacen la vida más fácil que difícil.
Los 00 también han sido el año de la globalización positiva, del humanismo planetario. ¿Qué es sino el movimiento antiglobalización, sino el primer gran movimiento humano global (vaya paradoja, no?).
Las guerras se redujeron cuantitativamente con respecto a los 90s, lo cual convierte a esta década que hemos finalizado como la más pacífica en toda la historia de la humanidad.
Y es la más humana, la más solidaria. Sólo hay que ver cómo ha sido la reacción ante las catástrofes ecológicas y humanitarias. En 2002, tras el desastre del Prestige, el país se movilizó como nunca por una causa medioambiental y 2003 el 90% del país rechazó la guerra de Irak con pancartas y silbatos.
A nivel global esto implicó el mayor movimiento pacifista de toda la historia, incluso con más apoyo que los hippies en la guerra de Vietnam.
¿Solidaridad? Sí y es más: en 2004 se produjo el mayor trasbase de dinero privado en toda la historia económica del hombre desde el crash del 29 y fue justo para la reconstrucción de los países afectados por el tsunami del sudeste asiático.
Con ciudadanos solidarios y pacíficos, los gobiernos tienen que dar ejemplo. ¿Qué hay del desarme nuclear recién iniciado por Rusia y los EE UU? ¿y la pacificación de los Balcanes y media África? ¿El acercamiento de las dos Coreas? ¿Qué pasa con la distensión de China?
Cada vez vamos más en el mismo carro llamado humanidad global. Hoy en día la democracia se ha convertido definitivamente en el paradigma de sistema político que debe tener cualquier país. Hace 25 años muchos países, o bien eran colonias explotadas, o bien eran dictaduras de corte militar-marxista o post-fascistas, o directamente populistas. Hace 50 los países democráticos eran tan sólo un pequeño club selecto. Hoy en día, y aunque se pueda matizar la propia calidad de cada una de estas democracias, de 198 países tan sólo 3 se declaran como absolutistas.
Y tu voz cuenta: el relevo democrático se da cuando la gente se harta. Ha ocurrido durante los 00 en la mayoría de los países de América Latina, en España y en los EE UU. Y seguirá ocurriendo.
Nunca hemos avanzado tanto como en los últimos diez años, a nivel científico, social, económico, político, legal, tecnológico y por qué no, también humano.
Creemos que no somos nadie, pero lo que ocurre es que ahora toda la sociedad es la que decide. Somos miles de millones de personas con fuerza, pero que estamos atomizados y no nos sentimos visibles a no ser que no nos unamos.
He ahí el proyecto para la década de los 10. Podemos hacer todo lo que nos imaginemos, siempre que queramos hacerlo, claro…