
Han pasado veinte años ya y a los alemanes les parece que fue ayer cuando cumplieron su sueño de derribar el muro.
Fue una reliquia de arte colorida y un símbolo del desprecio humano.
Fue impulsivo. Fue pensado de antemano. Fue legalmente ilegal, tanto su construcción como su caída.
No fue sólo un antes y un después para Alemania, también fue el inicio histórico de la era global. Con sus pros y sus contras, se abría la muralla que injustamente había separado dos mundos y dos formas de ser desde la II Guerra Mundial.
Quien diga que fue pacífica miente. Si hubiese sido pacífica nunca se hubiese derrumbado el muro. Fue violenta, rabiosa, como tiene que ser. Violenta y sin derramamiento de sangre. Sólo así se empuña un martillo para hacer caer el muro de la vergüenza.
Ese muro había convertido a Berlín Occidental en un ghetto dentro de la propia Alemania con 120 km de puro hormigón. Hubo gente que murió al intentar atravesarlo. Hubo familias que se vieron divididas. Desertores. Mucha tensión militar entre ambos bloques.
Pero no debemos olvidar que, por mucho que los “aliados” hubiesen intentado que los berlineses creciesen a espaldas unos de otros, ambas partes estaban mirándose a la cara y a la espera del ansiado encuentro.
Ningún gobernante puede hacer callar la voz del pueblo ni las movilizaciones colectivas… esa es la gran lección de este famoso episodio de la historia.
Quién le iba a decir a Schawoski, portavoz del Politburó de la RDA que cuando le preguntaron sobre la entrada en vigor del permiso de movilidad de los alemanes orientales hacia la RFA, el contestar “Mmm… pues cuando le informemos… mmm… inmediatamente” los dos Berlines iban a salir a la calle con champán y cinceles hacia la puerta de Brandemburgo.
Para unos, la mayor despedida de soltero de la historia. Para otros el principio del fin. Para unos cuantos la oportunidad de hacer turismo. Pero para todos, fue la mejor noticia que le pudieron nunca dar.
A esta ciudad aún le inunda la alegría de recibir al prójimo, tal como aconteció aquella noche hace veinte años, cuando los soldados berlineses de los dos bandos se dieron la mano, cuando bailaron jóvenes de ambos lados en el mismo espacio, cuando los coches empezaron a circular por todas las calles saludando a vecinos que intuían que existían, pero que nunca les vieron las caras.
Recordemos con nostalgia ese momento en que, por una vez, hasta se nos pasó por la cabeza que Alemania pudo haber ideado un modelo intermedio entre los dos bloques con la reunificación. Pensemos que no hemos perdido la oportunidad y quedémonos con lo positivo que a veces podemos leer en los anales de la historia.
¿Muros? Sigue habiendo muros.
Algunos lejanos como la verja de EE UU con México, otros más cercanos como la valla de Ceuta. Los hay de alambre como el que separa en Nicosia la República turcochipriota al norte del sur de Chipre.
Algunos están muy minados, como entre las dos Coreas y otros son la auténtica marginación y hacinamiento como el muro de Palestina.
Pero lo hemos visto, y lo seguiremos viendo. Los muros se saltan, los alambres de espino se cortan y la gente circula porque nadie (Nadie) debe matar al que quiera cruzar cualquier barrera irracional que divida a dos pueblos que miran hacia la misma dirección.
Fue una reliquia de arte colorida y un símbolo del desprecio humano.
Fue impulsivo. Fue pensado de antemano. Fue legalmente ilegal, tanto su construcción como su caída.
No fue sólo un antes y un después para Alemania, también fue el inicio histórico de la era global. Con sus pros y sus contras, se abría la muralla que injustamente había separado dos mundos y dos formas de ser desde la II Guerra Mundial.
Quien diga que fue pacífica miente. Si hubiese sido pacífica nunca se hubiese derrumbado el muro. Fue violenta, rabiosa, como tiene que ser. Violenta y sin derramamiento de sangre. Sólo así se empuña un martillo para hacer caer el muro de la vergüenza.
Ese muro había convertido a Berlín Occidental en un ghetto dentro de la propia Alemania con 120 km de puro hormigón. Hubo gente que murió al intentar atravesarlo. Hubo familias que se vieron divididas. Desertores. Mucha tensión militar entre ambos bloques.
Pero no debemos olvidar que, por mucho que los “aliados” hubiesen intentado que los berlineses creciesen a espaldas unos de otros, ambas partes estaban mirándose a la cara y a la espera del ansiado encuentro.
Ningún gobernante puede hacer callar la voz del pueblo ni las movilizaciones colectivas… esa es la gran lección de este famoso episodio de la historia.
Quién le iba a decir a Schawoski, portavoz del Politburó de la RDA que cuando le preguntaron sobre la entrada en vigor del permiso de movilidad de los alemanes orientales hacia la RFA, el contestar “Mmm… pues cuando le informemos… mmm… inmediatamente” los dos Berlines iban a salir a la calle con champán y cinceles hacia la puerta de Brandemburgo.
Para unos, la mayor despedida de soltero de la historia. Para otros el principio del fin. Para unos cuantos la oportunidad de hacer turismo. Pero para todos, fue la mejor noticia que le pudieron nunca dar.
A esta ciudad aún le inunda la alegría de recibir al prójimo, tal como aconteció aquella noche hace veinte años, cuando los soldados berlineses de los dos bandos se dieron la mano, cuando bailaron jóvenes de ambos lados en el mismo espacio, cuando los coches empezaron a circular por todas las calles saludando a vecinos que intuían que existían, pero que nunca les vieron las caras.
Recordemos con nostalgia ese momento en que, por una vez, hasta se nos pasó por la cabeza que Alemania pudo haber ideado un modelo intermedio entre los dos bloques con la reunificación. Pensemos que no hemos perdido la oportunidad y quedémonos con lo positivo que a veces podemos leer en los anales de la historia.
¿Muros? Sigue habiendo muros.
Algunos lejanos como la verja de EE UU con México, otros más cercanos como la valla de Ceuta. Los hay de alambre como el que separa en Nicosia la República turcochipriota al norte del sur de Chipre.
Algunos están muy minados, como entre las dos Coreas y otros son la auténtica marginación y hacinamiento como el muro de Palestina.
Pero lo hemos visto, y lo seguiremos viendo. Los muros se saltan, los alambres de espino se cortan y la gente circula porque nadie (Nadie) debe matar al que quiera cruzar cualquier barrera irracional que divida a dos pueblos que miran hacia la misma dirección.
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