Terremoto democrático


El progreso es la transformación social que busca la mejora de los ciudadanos. Estos últimos años el hombre ha olvidado lo que en realidad significa progreso ya que implica mucho más que un simple avance económico.
Un país que ha avanzado mucho las últimas décadas había sido Japón, sin embargo, si nos detenemos en el sistema social que tenían podemos incluso poner en duda su progreso. Los japoneses, que no son tontos, han decido –ahora sí- apostar por el Progreso.
Yukio Hatoyama ha ganado los comicios electorales nipones poniendo freno a 50 años de gobiernos conservadores. Ya se ve: la crisis se cierne contra todos los gigantes financieros sean públicos o privados.
Los japoneses y japonesas no han sido ajenos al mundo y son conscientes que de nada sirve un desarrollo industrial y tecnológico si no se puede disfrutar de él. No es un país con grandes diferencias salariales y de hecho su índice de desarrollo humano está a la cabeza de Asia. Sin embargo, habían heredado una estructura pseudo-medieval (pseudo-enfermiza) de relación de poder que se acaba de romper.
La mano de obra japonesa es su gran valor añadido. Las horas que éstos dedican a sus labores no sería concebible en los países occidentales. Una sociedad progresista debe tratar a los trabajadores como trabajadores no como siervos. Los japoneses lo saben.
Esta superproducción ha creado una riqueza insana. Démonos cuenta que ha sido un país con crecimiento constante del PIB y deflación, esto es, no dejaban de enriquecerse, pero al “crear” tanto para poder darle salida al mercado, se producía la bajada de los precios generalizada. ¿Maravilloso para el consumidor nipón, no? Falso. El consumidor nipón tiene, pues, que trabajar más ya que con precios bajos hay que esforzarse para poder subir la facturación y mantener la riqueza. Los japoneses lo saben.
Esclavos del trabajo. Siempre lo han sido. Esclavos en un estrato social inferior a los jefes y directivos, que amablemente han jugado siempre un papel protector y paternalista. El trabajador japonés cuando entraba en una empresa se convertía en su familia y podía desarrollarse profesionalmente toda su vida. Hoy, con la globalización y la volatilidad de las profesiones y las empresas, esto ha cambiado. ¿Cómo hasta ahora un jefe aconsejaba el voto a su plantilla? Inconcebible, y los japoneses jóvenes lo saben.
Esclavas de los tabúes sociales y de la doble moral machista pseudo-medieval y pseudo-enfermiza de la sociedad japonesa, las niponas han tenido que luchar muy mucho para poder desarrollarse como profesionales. Hoy esto ha cambiado. A las mujeres en Japón les queda mucho por hablar y lo saben.
El nuevo Obama japonés (que no tiene orígenes humildes para nada), Hatoyama, aparte de tener una familia un poco freaky –muy japo-, cuenta con una batería de reformas profundas.
Su gran problema es hacer frente a los burócratas del país del Sol Naciente. Cientos de miles de grandes salarios, de personal gris e ineficiente, aliados de las políticas de los anteriores gobiernos, que no son sino, otra muestra más de caciquismo feudal y enfermizo (ahora sin “pseudo”).
Mejorar la vida de los trabajadores y trabajadoras, aumentar las ayudas sociales a las clases más débiles, mejorar las relaciones diplomáticas con sus países vecinos, aumentar el salario mínimo y convertir a Japón en una democracia social.
El Partido Demócrata de Japón deberá dar ejemplo y no defraudar a sus electores. Menos avaricia tecnológica y más amplitud vital.
Es difícil y más contando con los tiempos que corren. Es difícil, los japoneses lo saben, pero esto no les echará atrás.

No hay comentarios: