Primero House, ahora Obama


Sólo lleva unos meses en el poder y ya tiene que hacer frente a la mayor de las reformas de su país. Obama fue votado en un contexto de crisis y los americanos querían un cambio. Una de sus promesas era la reforma del sistema sanitario y ahora es el momento de llevarla a cabo. ¿Le resultará fácil?
Ciertamente muchos europeos se sorprenden de cómo se organizan los EE UU, pero es que los americanos también ponen el grito en el cielo cuándo conocen nuestro Estado de Bienestar (para ellos tan de corte marxista, muy del viejo continente).
Lo que muchos europeos no saben es que EE UU es uno de los países que más gasto sanitario tiene hoy en día. Si bien los países de la OCDE tienen un gasto medio de 8% del PIB, en EE UU este gasto asciende al 16%.
El problema americano es que –como todo- la salud se ha mercantilizado y los seguros privados son muy caros. En Europa nuestro seguro de salud es público y la cobertura es universal.
En EE UU tan sólo hay dos coberturas gratuitas: el Medicare para jubilados y el Medicaid para toda la población desamparada y homeless. ¿Qué tiene que hacer la clase media? Pues obligatoriamente tener un puesto de trabajo con contrato y estable para así, su empresa, pagarles un seguro privado.
Ese seguro privado tampoco es universal, ya que no cubre la totalidad de las prestaciones médicas. Queda a libre albedrío del que contrata al trabajador darle una cobertura u otra, para el empleado y toda la familia que se incluya como beneficiaria del seguro. Puede, por consiguiente, no incluir tratamientos oncológicos, crónicos o accidentes no relacionados con el puesto en sí.
La entidad aseguradora busca su beneficio privado y ante mayor riesgo, mayor es la póliza. Esta disyuntiva implica que muchas familias americanas han tenido que endeudarse con su banco, hipotecas, bienes, etc. para hacer frente a algún gasto médico.
En Europa, en cambio, somos afortunados (muy muy afortunados) al disfrutar de una cobertura pública, gratuita y universal; partiendo, como tiene que ser, de que la salud es un derecho básico de cualquier ciudadano. En Europa los ciudadanos tenemos la obligación de pagar y sustentar este sistema entre todos y además, la libertad de escoger una cobertura privada.
Desde nuestra perspectiva europea, éste es el mejor sistema, ya que combina la igualdad y la libertad. Para los americanos tener que pagar mediante impuestos un sistema de salud público es una aberración y por eso Obama tiene serias dificultades para la aprobación de esta reforma en el Congreso, no sólo por la oposición de los republicanos, sino también por críticas de los propios miembros de su partido.
El americano medio quiere tener su seguro privado, no quiere las listas de espera de Europa, y sí optar a la mayor calidad de servicios médicos que le pueda permitir su bolsillo, porque para ellos, si alguien quiere algo, tiene que luchar por ello. Una mentalidad que ve al Estado del Bienestar como un nido de parásitos.
La labor de Obama será doble, pues. Por un lado, liderará la reforma del sistema de salud, que implicará una difícil ecuación de reducción de costes (el gasto especulativo en sanidad que soporta el americano es desorbitante) unida a la ampliación de la cobertura para todos los americanos; y por otro lado, convencer a los estadounidenses de que esta medida es buena para todos y no tiene nada de antipatriótico.
Reconozcámoslo, hoy pesa más la idea de que es maravilloso el Princeton Hospital de House, el Seattle Grace Hospital de Grey, que la vergüenza no televisada de los 25 millones de estadounidenses sin seguro médico.

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