
Nuestro planeta es inmensamente fantástico y diverso en todas sus latitudes. El ser humano ha sido capaz de hacer frente a las inclemencias más extremas y poblar casi cualquier paraje de los cinco continentes.
Esquimales y tuaregs, monjes tibetanos y rapanuís de Pascua. ¿Cómo hemos llegado a todas las esquinas del globo?
Los puntos extremos son los más sorprendentes, y si bien ahora parece que el clima nos está devolviendo el guante, hemos sido capaces de adecuar nuestras necesidades a cada una de las meteorologías concretas de cada lugar.
Aún así hay que echar un vistazo a la posible relación directa entre clima y riqueza.
De esta manera es una contradicción que una población rodeada de tundra y cercana al círculo polar tenga mejor calidad de vida que otra población cercana al ecuador y rodeada de una infinidad de recursos naturales.
¿Acaso nos hace espabilar el frío para sobrevivir y maximizar nuestros pocos recursos? Pues en parte sí.
Hagamos una pequeña comparativa de temperaturas. Cojamos las 5 ciudades principales de los países con mayor renta per cápita del planeta (Oslo, Sidney, Reykiavik, Toronto y Dublín) y contrastémoslas con las 5 más pobres (Niamey, Kabul, Freetown, Bangui y Bamako). Las ricas tienen una temperatura media anual de 9ºC y las pobres 24,4ºC.
Hay posiblemente una explicación histórica y social a esta diferencia. Los países fríos han sido libres durante más tiempo, mayoritariamente provienen de una tradición liberal de pensamiento, política y religión; y como no, un pasado pacífico. En contraste, los países calientes han estado colonizados, han sufrido violencia interna extrema y no ha habido una tradición autóctona de libre pensamiento y progreso.
Sin embargo, nos encontramos con zonas del planeta que han tenido prácticamente la misma historia, religión, poder político o progreso, y que aún así siguen respondiendo a esta dicotomía.
En América las zonas más desarrolladas están en Norteamérica y el Cono Sur (Santiago-Buenos Aires-Montevideo), en contraste con la pobreza tropical, que se acentúa y lleva al extremo en Centroamérica. Es más, en los EE UU las diferencias se acentúan enormemente entre estados más fríos como Washington o los estados de Nueva Inglaterra que tienen mayor calidad de vida que los más calurosos Mississippi, Alabama o Luisiana.
En la Unión Europea estas diferencias también se pueden contrastar entre un norte helado y rico y un sur caliente y pobre. Destaca por ejemplo Italia, un mismo país, con una Italia prealpina extremadamente rica en contraste con su Sur más limitado.
España no es la excepción. Pensemos en el clima de Donosti o Pamplona, que gozan de la mayor calidad de vida y del tiempo en Extremadura, cuyo desarrollo es el más reciente del conjunto español.
En los climas fríos, la población es mucho menor y las relaciones humanas escasean más, lo cual unido a la necesidad de buscar los recursos que la naturaleza no da, llevan a un mayor progreso humano. En las zonas más calurosas se daba, no obstante, lo contrario.
Aunque el clima no es determinante, sí que hace que podamos confundir dos mapas mudos, uno económico y otro climatológico. Hasta ahora la riqueza se ha repartido siguiendo el esquema descendente atlántico-mediterráneo-tropical-desértico.
Pero no hay que echarse las manos a la cabeza. Hay actualmente dos factores equilibradores de la mano del hombre.
El clima ha ayudado a forjar culturas y modelos socioeconómicos. Hoy aterrizamos ya en un modelo único y urbano, donde ya no hay una relación tan directa con la climatología ni la naturaleza.
Por otro lado, el clima... ¿qué vamos a decir de la influencia humana sobre el clima y sobre lo poco que éste nos ha importado hasta ahora?
Para bien o para mal. Estas diferencias históricas y climáticas se están borrando. Le hemos dado al "reset" y se está pintando un nuevo mapa mundial.
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