Sempre nunca máis


Maldito oro negro que nos trae más dolores de cabeza que ventajas. Una vez más un nuevo desastre ecológico se cierne sobre el planeta y en esta ocasión le ha tocado a nuestros amigos estadounidenses.
En este caso además hay que lamentar la muerte de 11 trabajadores de la plataforma petrolífera que voló por los aires, causante de la enorme mancha que lenta y sigilosa se dirige hacia el norte contra Luisiana y que lo más seguro es que dé coletazos a Mississippi, Alabama y Florida.
Los ultras americanos se atreverán a decir esta vez (como fue con el Katrina del que aún se están recuperando a día de hoy) que los pobres sureños se merecen este castigo divino, que no es, sino, una obra del malhechor ser humano.
Sea como fuere, la dichosa mancha es enorme, comparable a escala con la isla de Jamaica. Con 5.000 litros diarios a la superficie hacen inevitable el peor de los presagios más agoreros: sí, será una catástrofe ecológica más. “Una más” cuando ya habíamos creído haber superado las mareas negras.
Ahora toca ponerse manos a la obra y con la fuerza de trabajo de convictos estadounidenses incluida, habrá que limpiar la mierda negra de las costas y sellar el pozo petrolero para que esos hilillos de plastilina no tiñan todo el Golfo de México.
No culparemos a BP que es la empresa comercializadora, y ni tan siquiera a Deepwater Horizon que era la compañía extractora. Se investigará para conocer las causas y hacer un lavado público de cara, pero no se llegará al fondo del problema. La culpa es del petróleo.
El petróleo es un recurso sucio, en el sentido más peyorativo física y éticamente del término, y aunque se reduzca a 0,01% de posibilidades de que haya un desastre, en el momento en que se produce, las consecuencias calamitosas son no-tasables.
Cálculos los hay: 20.000 millones de dólares, precio puesto a la captura de pesca perdida, al petróleo no comercializado y a las labores de contingencia del vertido. BP le pagará a la Administración Obama y a las aseguradoras su parte, pero las indemnizaciones siempre se quedan cortas. El precio de los trabajadores muertos en la plataforma, de los animales afectados e intoxicados (tortugas, atunes, aves y moluscos) y las consecuencias para la población humana, animal y vegetal de esta zona de América no se incluye… y ni los petrodólares del último jeque pueden hacer frente a esta pérdida inmensurable.
En nuestra memoria histórica reciente tenemos las imágenes de la catástrofe del Prestige y el chapapote ahogando las gaviotas negras y creando una masa nauseabunda con los granos de arena en las playas. “Galletitas” que nos hicieron despertar y nos hizo ser conscientes del precio que tiene nuestro bienestar en comparación a lo que a veces le robamos a la naturaleza. Aún quedan algunos rincones de roca inaccesible en los acantilados gallegos pintados de negro.
Obama, por su parte, ahora tendrá mucho más claro llevar a cabo la moratoria para frenar la extracción de fuel en las zonas cercanas a la costa norteamericana en Alaska y la Costa Este. No nos la juguemos más y planteemos nuevas vías por fin, que sean seguras, responsables y rentables, para hacer frente al cambio de recursos que será imprescindible cuando el petróleo se acabe.
Se está acabando y es mejor que sea anclado en el fondo de la corteza terrestre antes que en las manos de los voluntarios, en las heridas de los operarios y en los pulmones de nuestros hijos.
Una vez más, no. “Sempre nunca máis”.

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